Cuando los primeros e ingenuos materialistas griegos rechazaban las tesis deístas, reivindicaban una mayor y creciente soberanía humana, profundizaban el conocimiento precientífico, no hacían sino llevar al extremo el encuadre simbólico de la cosmovisión griega atada por el dictado del sino, del destino. Sus ideas nacían en un contexto cargado de tensiones y luchas individuales y colectivas. Desde el siglo IX al V a.d.n.e. los griegos pasaron por la monarquía hereditaria (defendida por Homero), aristocracia, oligarquía, tiranía, repúblicas de democracia esclavista y ocupación extranjera. Los esclavos no eran seres humanos plenos, las mujeres eran bestias y los extranjeros carecían de derechos. Los ciudadanos libres apenas llegaban al 10% de la población de la Atenas de Pericles y su inmensa mayoría era analfabeta y supersticiosa. Aun así, el desarrollo personal, la armonía del cuerpo y de la inteligencia, el dominio plural de las capacidades, la disciplina consciente de ciudadano hoplita, el amor a la ciudad y, en caso de peligro extremo como las guerras contra Persia y Cartago, la defensa de la Helade, eran normas básicas de comportamiento dentro de esa reducida minoría libre y opresora. Tiene razón Lukács cuando pone como ejemplo de universo personal griego, de sus fronteras relacionales, a la inscripción funeraria que los espartanos erigieron en el paso de las Termópilas.
Pero en su interior la lucha de clases era muy activa y sangrienta: ninguna democracia esclavista triunfó jamás pacíficamente. La lucha de ideas fue igualmente dura: a Protágoras y su máxima de que el hombre es la medida de todas las cosas, se le oponía Sócrates con su "conócete a ti mismo". Dos visiones muy diferentes delatoras del ahondamiento de las contradicciones sociales y su reflejo en la filosofía. El amor a la ciudad-Estado era corrompido por el oro invasor. Unos dramaturgos dedicados a denigrar a la mujer, como Aristófanes. Una larga lista de traidores, desde Efialtes en las Termópilas hasta Aristóteles con Alejandro, pasando por Temístocles, Pausanias y otros. Una fidelidad mercenaria como la de Jenofonte y un triunfo final contrarrevolucionario legitimado por Platón en su "República". Comparando esta impresionante experiencia, que renacería en la Roma republicana y apenas en la imperial, pero sin brillo ni originalidad latina, con la vida colectiva en Persia y Oriente próximo, en Egipto e Israel y especialmente con los siglos oscuros del Alto Medievo, de hecho hasta el Renacimiento, apreciamos una tremenda superioridad. Lo personal-colectivo en Grecia, lastrado por todos los frenos posibles, pudo sin embargo legar a los siglos posteriores una gran lección de humanidad omnilateral. Marx leía en griego a Esquilo y admiraba a Espartaco.
Tendría que transcurrir más de mil años para que en algunas ciudades portuarias de Italia empezase, en el siglo XII, una creciente superación de las trabas alienantes, bajo el empuje de la reactivación de la economía dineraria, del comercio marítimo y avances técnicos y de la irrupción de una individualidad antropocéntrica y no teocéntrica. Como en la democracia esclavista griega, en esas ciudades y en las que se le sumarían, la violencia sería la partera de la democracia censataria y de su dictadura de clase. La violencia de las fuerzas ascendentes de la sociedad, portadoras contradictoriamente de fuerzas contradictorias de emancipación pero luego de estabilización y represión, genera una explosión global con efectos científicos, filosóficos, culturales, geográficos, etc. En los siglos XIII a XV las revueltas campesinas y urbanas zarandean los poderes dominantes preparando las condiciones para las posteriores revoluciones burguesas. Dante, atado aún a la herencia medieval, reivindica la esperanza como principio y define al infierno por la desesperanza. Petrarca y Boccaccio fijan los fundamentos renacentistas; lo hacen sólo cuando se ha asegurado la doble dominación de las grandes familias financieras sobre el papado y sobre las masas ya derrotadas y pasados a cuchillo buena parte de sus dirigentes revolucionarios, anteriores aliados en la lucha con Roma.
El llamado "hombre renacentista" no se eleva sobre el logro griego. Si bien éste está atado al destino, el renacentista está atado todavía al dios cristiano pese a la fuerza del antropocentrismo: es un dios casi panteísta, rescatado de la burocracia papal, pero dios. Parecelso, G. Bruno, Nicolás de Cusa, etc., no pueden superar la alienación religiosa aunque sean críticos implacables del papado. Ese "hombre renacentista" tiene empero una seria contrincante: la conciencia feminista que, en fecha tan temprana como comienzos del siglo XV, se expresa en las reivindicaciones de Christine de Pisan. Simultáneamente se refuerzan los Estados en base a las identidades nacionales de sus pueblos. El latín es obligado a retroceder ante los empujes lingüístico-culturales simultáneos al resquebrajamiento de la unidad medieval. Unas condiciones que están lejos de lo que será el "hombre burgués", pero que continúan y reafirman los criterios ya apuntados en el "hombre griego". Es más, en algunas cuestiones claves se anuncian criterios nuevos: el nominalismo y la reivindicación del conocimiento concreto; el individuo crítico y solidario con la colectividad que se hace praxis en las revueltas y luchas, en los ejércitos comuneros, en las milicias democráticas. Marx admiraba a Kepler y tenía como modelo al 'uomo totale'.
Una sangrienta guerra de liberación nacional que dura ochenta años, de 1568 a 1648, marca la gestación y el parto de la primera revolución burguesa, la de los Países Bajos, que se independizan del naufragado Imperio español. Desde fines del siglo XI se produce la lenta, violenta y traumática aparición de la burguesía pero no será hasta el siglo XVII, con esa guerra heroica, cuando asegure su supremacía. Mas es aún débil y está rodeada: necesita de la ayuda de la Revolución inglesa que tras una dura guerra civil ajusticia al monarca y en 1649 instaura la dictadura republicana de Cromwell que dura hasta su muerte en 1658. Aun así, la burguesía necesitará otro siglo para dar el segundo asalto al poder, que será el último. En 1760-1800 estallan grandes luchas en muchos países pero sólo triunfan las revoluciones yanki y francesa. La burguesía jamás ha asumido desde entonces el enorme costo personal y colectivo inherente a todo proceso liberador.
7. Emancipación e historia (3): del hombre burgués al hombre socialista.